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New Orleans

  • Foto del escritor: Tico
    Tico
  • 25 ene 2020
  • 4 Min. de lectura

La entrada de hoy es sobre una experiencia que me encantó vivir y que espero poder repetir pronto, se trata de un viaje a la que seguramente es la ciudad de Estados Unidos donde más a gusto he estado, un lugar donde yo que soy de una pequeña ciudad de provincias me he sentido como en casa, New Orleans (LA).


Llegué a New Orleans años después del huracán Katrina, aún eran evidentes los daños y la ciudad todavía estaba repoblándose ya que mucha gente se fue por el huracán y nunca regreso, unos por miedo y otros porque hicieron vida en otros lugares. El resultado fue que en aquel momento la ciudad estaba en plena reconstrucción y las ofertas de trabajo la verdad es que surgían en cualquier conversación trivial.


Lo primero que llama la atención al llegar a New Orleans es que ya en el finger y una vez abierta la puerta del avión se respira el ambiente a Jazz, sin ir más lejos el aeropuerto recibe el nombre de Louis Armstrong y tiene un diseño con las respectivas ampliaciones entre moderno y Art Decó. Cuenta con decoraciones muy ambientadas en la música y es fácil contar ya mismo en el aeropuerto con música en vivo.


Pero New Orleans no es solamente Jazz, es una mezcla de toda su historia, es una ciudad asombrosa mezcla de raíces coloniales francesas, influencia española, cultura africana y del mar Caribe. Y eso se hace notar no solamente en la arquitectura, o en la música, sino que también en las raíces místicas ya que existe muchísima creencia en el Vudú.


En New Orleans existe verdadera fe en la brujería, en licántropos y en vampiros. Desde sus orígenes parece que sobre la ciudad siempre ha habido un halo oscuro, algunos predicadores se aventuraron a decir que el huracán (que no fue el primero en la zona) fue un castigo por el pecado que vivía y reinaba en la ciudad. En cualquier caso, buena prueba de ello son las numerosas visitas turísticas que reciben los tours por los cementerios, en especial el cementerio de Lafayette.


Estar en New Orleans es sumergirse en el barrio francés (French Quarter) tanto de día como de noche, esa zona de la ciudad nunca duerme, sea cual sea la época del año, aunque el punto álgido es el martes de carnaval (Mardi Gras). De día es genial pasear por el barrio francés, recorrer Bourbon Street y callejear entre el dique del Mississipi y el French Market, subirse al tradicional tranvía y disfrutar de las casas de 2 o 3 alturas con los típicos balcones franceses, visitar la catedral e ir parando empapándose de la cultura de la ciudad. De noche es aventurarse en una fiesta donde la música es la protagonista, alucinar con la calidad de la gente que se atreve en los karaokes, los conciertos y tomarse el cóctel típico que es el “huracán” (no es lo mejor que he probado, por cierto), quien prefiera algo más sensual y picante también es la ciudad para ello…prueba de ello es la peculiar forma de servir los chupitos, a 12 dólares por cierto cada uno.


Fuera de lo más tradicional, yo quedé encantado con el Warehouse district justo cruzando Canal Street, un barrio donde antiguamente estaban los muelles y los almacenes, que hoy día alberga museos y exposiciones como el de la segunda guerra mundial. Un barrio en auge donde la gente restaura los almacenes y construye su residencia en lofts de lujo.


Mención especial también, para el City Park, los canales, pasear por los diques del Mississipi, el City Airport (pura joya del Art Decó), las mansiones, las plantaciones de algodón como Houmas House (donde nos damos cuenta de cómo era la vida de los esclavos y los señores), los pantanos (Bayou), y las instalaciones Michoud de la NASA.


Gastronómicamente, New Orleans es sumergirse en plena cultura cajún y del picante, hay que decir que no es un picante incómodo ni mucho menos, no arde la garganta y es de esos picantes que se quedan en la lengua y los labios que por cierto se te quedan como los de Yola Berrocal. Imperdonable estar en New Orleans y no probar el arroz Jambalaya, el Cat fish, los Po Boys o el chocolate con los Beignet del Café du Monde. Si te gusta el sabor, recomiendo ir a un supermercado y volver con un buen acopio de productos locales y por supuesto del Tony Chachere's Original Creole Seasoning.


New Orleans no es una ciudad cara, el alojamiento es asequible y existe una oferta completísima para todos los bolsillos ya sea en Airbnb o en Booking, recomendaría alojarse cerca del French Quarter o el Warehouse District ya que suele ser la zona más turística y segura.


Que a nadie le extrañe ahora mismo visitar esta ciudad y sentirse en un plató de rodaje ya que está en ebullición la industria del cine y la televisión en la ciudad, numerosas películas y series galardonadas se han rodado allí (12 años de esclavitud, La gran apuesta, Entrevista con el vampiro, Déjà vu, Focus, The Hunt, Un tranvía llamado deseo, Los Originales, True detective).


Escribiendo esta especie de reseña amateur sobre una de las ciudades que más me han fascinado me he dado cuenta de unas ganas y una ilusión un tanto ñoña y sensiblera, espero no seáis muy tiquismiquis conmigo, pero me apeteciera mucho volver, me haría especial ilusión poder repetir y mejorar las experiencias que sentí allí, esta vez con una persona tan discreta como especial para mí que significó un encuentro místico, tántrico, inimaginable, totalmente imposible de predecir y que de alguna manera tan alucinante como ingobernable que sin ninguna duda sigue y seguirá muy presente en mi vida a pesar de tiempos, espacios, tempestades, ríos de lava, ciénagas y lo que se inmiscuya.


Esperemos que mientras sea posible, se pueda encontrar el momento para hacer ese viaje, pero de verdad me encantaría poder compartir unos Shrimp Po'Boy sentados tranquilamente en el Mississippi Levee viendo la puesta de sol con una botella del Murielle Bourbon St. Blueberry Pinot.


Dedicada...




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