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Cita literaria

  • Foto del escritor: Tico
    Tico
  • 24 nov 2021
  • 6 Min. de lectura

Hace ya mucho, una tarde de otoño, quedé con una amiga por aquello de compartir ya que a ella también le gusta escribir relatos, ella es absolutamente una pro ya con varias publicaciones, yo soy un mero alcahuete medio aficionado y con menos estilo que gracia a su lado. Por todo ello tenía muchas ganas y estaba muy intrigado por tener esa conversación cara a cara con ella.


Cuando la ciber-conocí mi primera impresión es que estaba chateando con una mujer como Jessica Fletcher, ella aún hoy se parte de risa recordando aquello. La imaginaba mayor, con su pelo blanco cardado y un aspecto como la pija de las Chicas de Oro. Y bueno, siendo muy discreta en lo personal, la jodida me siguió el rollo hasta ese encuentro.


Asi, totalmente desorientado quedamos para tomar una cerveza en una terracita del centro, era ya una noche fría, esa noche de noviembre que hay eclipse de Luna llena y que el erotismo y la sensualidad se disparan.


Allí estaba yo con mis vaqueros azules de corte recto, mis zapas con mil batallas y alguna noche festivalera, una camisa de leñador manga larga de felpilla caliente y mi chaqueta gris acolchada con capucha y pelo. Fumándome un cigarro y con un tercio de Estrella mientras la esperaba sentado bajo un practico calentador a gas.


Y entonces llega ella, con unos taconazos que resaltaban sus largas piernas, su melena con mechas rubias al viento frio, una minifalda de cuero rojo burdeos, con unas medias negras con corazoncitos, una chupa de cuero con la cremallera pasada hasta arriba, 10 pulseras en las muñecas y un rollazo increíble. Era una chica de unos treinta y todos, guapísima a rabiar, absolutamente lo contrario de lo que yo pudiera imaginar.


Entonces nos saludamos con un par de besos y nos sentamos uno frente al otro, ella cruzo las piernas en una dirección y yo me senté relajado en la otra. La conversación fluía muy fácil, repasamos inicios, historias, vidas... Las cervezas iban cayendo sin calentarse, al ritmo frenético de aquella conversación tan estimulante que no creo que nunca olvidemos. Se hacía ya tarde per estábamos tan a gusto que no nos apetecía cambiar de lugar así que pedimos un par de tapas variadas y cenamos conversando.


Con todo el rollo de pandemias, confinamientos, cierres de ocio nocturno, nos echaron de aquel lugar en el que llevábamos horas de cháchara dándole al pico sin parar. Sin dudarlo le sugerí si nos tomábamos la última en mi casa. Me sonrió con picardía y dijo que si, pedimos un taxi y para mi casa.


Al llegar a casa rápidamente sentimos el alivio del calorcito de la chimenea, colgamos la chupa y mi abrigo en una percha y acomodamos unos cojines sobre la alfombra frente a la chimenea, ella se acomodó y yo me fui a la cocina a buscar más bebida.


A la luz del fuego de aquella chimenea esculpida con ladrillo rojo caravista, sobre una alfombra con suaves trenzas de fieltro y lana muy mullida, rodeada por cojines cual la estancia de invierno de un Marajá. Allí estábamos ella y yo entre luces y sombras, con los destellos anaranjados del fuego sobre nuestras pieles.

Con 1 copa de corpinnat en nuestras manos y la botella de LLopart vacía rodando alrededor de la alfombra, nos lanzamos al último brindis de aquella noche. Ella estaba preciosa con la sonrisa de sus sugerentes labios color rojo, sus preciosos ojos oscuros y brillantes mirándome sin pestañear, unas pestañas tan bonitas que ni yo encuentro palabras para describirlas.


Allí estaba ella sentada de lado, con una pierna recogida y la otra totalmente estirada. Sus estilizadas piernas se veían absolutamente deliciosas solamente cubiertas en la parte alta de los muslos con una falda de cuero rojo burdeos muy ajustada. De vez en cuando yo trataba de otear con disimulo, tratando de averiguar su ropa más íntima, pero mi gozo en un pozo, demasiada poca luz y lo único que veía era una oscuridad que cada vez me generaba más y más intriga al tiempo que me excitaba aún más.


Sus zapatos negros de tacón yacían sin ningun orden y concierto allí donde les había venido bien caer, uno acostado y el otro plantado como si de un expositor se tratara. El fuego también se veía reflejado en ellos. Muy en contraste con mis zapas puestas una junto a la otra bajo el aparador.


La recuerdo con una camiseta ancha negra muy escotada con el estampado de los Ramones, de esas de axila abierta y que resultan tan femeninas, de esas que si te fijas se adivina el precioso sujetador negro semitransparente por debajo del brazo. Yo estaba alucinando me gustaba absolutamente cada detalle de ella.


Justo en ese momento del brindis, mi dedo índice comienza a jugar con la camiseta, enrollándola como haciendo un tirabuzón y dejándola caer por su hombro, no encuentro resistencia alguna, todo lo que veo es una mirada picara de aceptación acompañada de una sonrisa eléctrica. La manga va bajando y al mismo tiempo ella va descubriéndose la otra, en apenas unos segundos la camiseta acaba enrollada en su abdomen.


Ante mí, su cuello, sus hombros, sus clavículas, un precioso colgante de oro de Libia y su pecho únicamente cubierto por un precioso y delicioso sujetador negro de encaje y transparencias que dejaba entrever sus dos pequeños, duros y rosaditos pezones. Sin mediar palabra ella pasa sus manos para atrás y suelta el broche del sujetador, cruzando los brazos deja caer los tirantes del mismo y sus perfectos pechos respingones afloran delante de mí.


Mis manos caen como atraídas magnéticamente y ocupan el lugar donde los aros ejercen su función reafirmante, me inclino y mi boca comienza a amamantarse de aquellos suculentos pechos, los chupo, los lamo, los beso, paso a comérmelos directamente mientras ella suspira y me dice come, come, sigue comiendo son para ti desde que te he visto.


Sigo devorando aquellos magníficos pechos al tiempo que ella se acuesta sobre los cojines y tira de mi camisa ya desabotonada hacia abajo, mi pecho mi abdomen, mis hombros mis brazos tatuados quedan al descubierto. Voy descendiendo por su abdomen, juego con su ombligo, mis manos bajan la cremallera de aquella mini y comienzan a tirar de ella. Ante mí un precioso tanga minúsculo y semitransparente de color negro.


Diviso todo, su deliciosa cueva depilada protegida por unos carnosos labios ya brillantes que deseaban en incitaban a ser lamidos y relamidos, ella abre ligeramente las piernas invitándome a posar mi cabeza entre ellas, mientras mi boca jugaba pasando sobre la tela del tanguita, mi lengua lamia las ingles de aquellas largas y deliciosas piernas. Disimuladamente mis manos estaban desabrochando y bajando mis pantalones, necesitaba liberar aquella presión.


Ella aparta un poco su tanga y ahí mi lengua sucumbe, deslizándose de abajo hacia arriba por aquellos labios, paso la lengua y mi boca entera entre ellos, recogiendo todos sus jugos y su aroma intimo con mi barbilla. Mientras jugueteo con el botoncito, 3 de mis dedos se introducen en su cueva palpando suavemente ese punto endurecido en inflamado. La escucho suspirar, jadear, me excito más y siento como me aprieta más y más los dedos. Entre tacos y sollozos siento el manar de ese elixir que con tanto ahínco llevaba esperando, mi cara está completamente empapada de aquel liquido tan agradable con textura viscosa, temperatura agradable y sabor delicioso.


Sin dilatarme más me bajo los calzoncillos y agarrándola por la cintura la levanto hasta mis caderas. Su cuerpo totalmente arqueado con la cabeza y los hombros sobre la montaña de cojines y formando un arco perfecto hasta mi cadera. La penetro hasta el fondo, muevo mis caderas y con el vaivén veo como ella yace abandonada al placer con los brazos estirados en cruz y el baile de sus pechos se sincroniza con mis caderas.


Cada vez el ritmo es más rápido, más intenso, más profundo, yo me siento mucho más duro y ella está muchísimo más apretada. La sostengo por ese maravilloso trasero que tiene y ella apoya sus piernas en mis anchos hombros, sigo penetrándola hasta lo más profundo que mi ser alcanza.


El sonido del chapoteo es más que evidente, los chorros de sudor me caen por la frente, nuestros cuerpos excitados están empapados, brillan a la luz del fuego, le doy la vuelta, la pongo mirando al fuego, orientación suroeste (Cuenca). Ella está agotada, apoya sus codos en la alfombra y su cara contra los cojines, sumergida en ellos, su cuerpazo con la típica forma de botella clásica de Coca-Cola totalmente arqueado y ofreciéndome aquel precioso culo.

Es mi oportunidad, sin dudarlo me lubrico con sus jugos y apunto su sugerente orificio rosado, despacio voy introduciéndome en él. Se siente mucho más apretado, y agarro sus caderas, pero no debo hacer nada ya que es ella la que realiza el vaivén metiéndoselo todo mientras muerde uno de los cojines y con su mano está masajeando su botoncito.

No puedo resistirme más y mientras agarro su precioso cabello con fuerza llego al éxtasis inundándola con mi esencia, sigo bombeando sacando todo lo que llevaba dentro al tiempo que noto como otro de sus chorros moja mis muslos.


Caemos agotados mirándonos, ella boca abajo, desnuda, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos doblados hacia adelante, sonriéndome como una joven colegiala esta vez. Yo agotado boca arriba, desnudo y empapado en sudor, con una pierna estirada y la otra doblada, palpitando todavía y recuperando pulsaciones.


Cogemos la copa, brindamos, nos reímos y decimos: “Joder que bien hemos escrito”




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