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Fui al curro y me puse burro

  • Foto del escritor: Tico
    Tico
  • 24 jul 2024
  • 9 Min. de lectura

Ya hace algunos años de esto, más de una década podríamos decir, yo acababa de entrar de becario en una oficina técnica y llevaba allí muy pocas semanas entre planos, fotocopias, cafés y alguna reunión que por supuesto en la empresa privada el becario sin voz ni voto.


Concretamente era un martes de julio, un día caluroso, asfixiante, sofocante, donde a pesar de llegar duchado y súper puesto de desodorante, las axilas de la camisa rezumaban a Jose Antonio Camacho en el mundial de Corea. A ver, sin tufos raros, era escandaloso, pero no cochino. Y lo peor es que mis amigos estaban jodiendo entre la playa y la piscina mientras yo me estaba comiendo las prácticas de la carrera. Aún no sabía que sería yo quien ese verano les acabaría dando envidia a esa panda de mocosos post adolescentes con acné. Un abrazo a todos ellos, por cierto.


Llegué a la oficina a las 9 de la mañana, directo a la máquina de café, mi segundo café largo sin azúcar de la mañana. Acabando de dejar el vasito de café, la mochila y el portaplanos frente al monitor de mi puesto de trabajo me llama por el interfono el responsable de mis prácticas para que fuera su despacho porque debía presentarme a la jefa. Todavía no la conocía porque la mujer se había pasado tele trabajando al estilo hace 20 años, rascándose el higo, 15 días en una cala muy conocida al noreste de Mallorca.


Lo cierto es que era una mujer muy atractiva de unos 40 y pocos años, no muy alta, delgada con curvas muy marcadas y exuberantes, con un puntito pijita coqueta muy arreglada con un moñito muy gracioso que iba de un tono marrón oscuro en la raíz a un marrón rojizo a mechas en las puntas.


Para no evitar los prejuicios, os diré que evidentemente tenía una pintaza de ser hija de alguien. Allí estaba ella con una faldita de cuero negro ceñida de cintura y floja a la altura de sus preciosos muslos, acentuada con unos zapatos de discreto tacón que ponían el punto respingón a su ya se me antojaba delicioso trasero. Arriba con una camisa blanca 3 botones desabrochada que conformaba un escote en V nada discreto que resaltaba sus 2 deliciosas, grandes y preciosas amigas las virtudes encapsuladas en un sujetador blanco de encaje y sin relleno que se transparentaba perfectamente a través de la fina tela de seda de la camisa. Todo ello amenizado en un fantástico color moreno de piel que hacia resaltar la camisa y focalizar la sucia mirada. No me preguntéis ni por los ojos ni por su boca, no estaba la situación para hablar de sus ojos marrones de mirada picara y su carnosa boca lujuriosa acentuada con un pintalabios marrón muy de moda por aquellos años.


Durante la presentación balbucee un poco, no por lo que creéis, bueno también obviamente, pero sobretodo porque yo era un monicaco recién llegado de becario y ella era la jefa todopoderosa y eso impone mucho. Y así imponía más, vaya jefa, el becario va a estar morboseandola todos los días, acababan de mejorar y mucho las practicas.


La semana continúo bastante bien, yo trabajando como un loco cumpliendo las demandas de todo cristo en la oficina y con alguna visita fugaz al despacho de la jefa, unas veces para llevarle café y otras veces para subsanar algún error que os confesare que la mayoría de veces eran totalmente intencionados. Disfrutaba mucho escuchándola desde atrás con la excusa de ver su pantalla y husmeando sus abiertas camisas, sus conjuntos de sujetadores todo un deleite para mi fetiche con la lencería, sus apretados tops de múltiples colores, sus innumerables modelos de falda.


Y con un episodio morboso de crio salido día tras día llegamos al viernes por fin, la jefa me llamó temprano a su oficina y me metió un broncazo tremendo por no se ya ni que mierda de puntos en el casillero de una escala métrica que no habían salido en la impresión de unos planos, agaché la cabeza con sensación de culpa y me volví disgustado a mi puesto de trabajo para cumplir su memez de capricho, puse los puntos con un rotulador Rotring del 0,8 y a funcionar.


Sobre la hora del almuerzo me llamó de nuevo a su despacho y me pidió disculpas por su comportamiento desproporcionado, le dije que no se preocupara que ya estaba solucionado y que no importaba. Me contesta que si importaba y que me había comido yo una bronca que era para el idiota de su marido que había aprovechado el fin de semana para irse con sus amigos solterones de viaje a unas playas fantásticas de Malta aun sabiendo que habían planteado quedarse ellos solos porque los niños se iban de campamento y que estaba furiosa.


Que hiciera el favor de disculparla y que sin pretender alterar mis planes pero que me daba la tarde libre por la injusta bronca y que aceptara también su invitación para comer. No es para nada mi rollo salir a comer vestido de oficina, pero no iba a negarme de ninguna de las maneras.


Y así me encuentro yo en la zona de tascas disfrazado de oficina, con unos pantalones de pinzas claritos blanco hueso, un polo náutico amarillo pollito, y hasta con unos zapatos marrones a juego con el cinturón de hebilla dorada, un cuadro surrealista para lo que yo soy, únicamente reconocible por mis pulseritas con bolas de ojo de tigre, basalto y turquesa.  

Ella como siempre, iba mucho mejor que yo, y aprovechando que era viernes iba bastante informal, justo como debía haber ido yo, pero no se me permitía hacerlo. Guapísima y muy sexy con sus jeans azules de corte bajo ceñidos a sus finas caderas y su culito todavía mas respingón gracias a aquellos zapatos negros de 10cm de tacón que la hacían rozar, pero no llegar al 1,70. Conjuntado todo con un top blanco nuclear con escote cuadrado que hacia resaltar su maravilloso pecho envuelto en un sujetador liso sin relleno. Antes de salir se había recogido el pelo para resaltar sus nuevos pendientes de aretes y también se había pintado los labios de un rojo oscuro tirando a burdeos.

Sus ojos marrones adornados con un poquito de rímel tenían una luz especial cuando salimos de aquella oficina, se podía sentir la liberación, entre nosotros os diré que yo percibí que aquella mujer no solamente se sentía liberada del trabajo y la responsabilidad, sino que también del petardo de su marido y del peso de ser madre. Su mirada era de tener por delante todo el fin de semana para ella.


Allí en una conocida tasca del centro nos sentamos en una pequeña mesa colocándonos uno al lado del otro y pedimos unas tapitas mar y tierra de sepia en salsa verde, un pulpito a la brasa con puré de patata y un filetazo de ternera todo aderezado con creo que cayeron dos botellas del Gessamí de Gramona. La conversación era muy distendida y ella desde su posición era mucho mas picara, descarada y por supuesto experimentada que yo. Enfadada, rabiosa y cansada de jerga profesional comenzó a preguntarme por temas mas personales, que si tenía novia, que no entendía porque no tenía si era un chico muy atractivo. Le contesté tranquilo y ya un poco desinhibido por el vino, que si había tenido, pero que cuando me había enamorado siempre por una tecla o por otra me habían acabado dejando y que ahora me sentía entre conformado contento y asqueado defraudado a estar solo.


Justo en ese momento apareció su frescura y su descaro juntos, y ni corta ni perezosa dijo: “Eso es que follas mal”. Y no se quedó ahí solamente, me miro con picardía y dijo: “Eso hoy también lo vamos a arreglar”.  Me quede gratamente sorprendido para que negarlo, y aun siendo un poco pavo, tontito no estaba, así que apoyando mi mano en su rodilla y al tiempo que fui subiendo deslizándola entre sus muslos le contesté: “He llegado a tu empresa para aprender todo lo que pueda, de eso va ser becario”. Acerque mi cara y mi nariz a su cuello, sintiendo su delicioso aroma afrutado, para llegando a la comisura de sus labios comenzar a besarla muy despacio y suavemente, jugando con sus carnosos labios envolviéndolos con los míos para terminar comiéndomelos, devorándolos y sintiendo nuestras lenguas jugar.


Ella abrió los ojos y me miró, “necesito ir al baño, acompáñame”. Sin disimulo, no por no querer, sino por no poder, entramos en el baño de mujeres empujando a un pobre chico que guardaba turno para el de hombres.


Me encontraba cerrando el pestillo cuando ella, que ya había desabrochado el ridículo cinturón, de un tirón me bajo los pantalones y los calzoncillos. Sin mediar palabra sentadita en el inodoro se la metió con ansia en la boca entre sus deliciosos y carnosos labios rojos recorriéndola despacio, apretando suavemente y chupando como quien come helado y no quiere que le gotee. En ese preciso momento estaba muriéndome por sobarle esas tetas y comienzo a estrujárselas como adolescente incauto y torpe con nula experiencia en una escena que solamente había existido en relatos, películas y la mejor de mis imaginaciones. Yo y una señora casada preciosa y sexy encerrados en un baño cualquiera, sobándole sus redondas, grandes, firmes tetas mientras ella engulle con deseo mi polla.


Por un momento la sacó de su boca, dura, húmeda llena de saliva y muy roja por la sangre acumulada debido a la excitación y al arte de su mamada. Ella se echó hacia atrás y se deshizo de su top blanco, dejándome ver sus preciosos pechos en un no menos bonito sujetador blanco liso sin relleno que también le sobraba. Ante mí, aquellas dos tetas grandes perfectamente en su sitio, sudadas, brillantes, coronadas en unas aureolas como galletas y en unos pezones no muy grandes, pero si muy firmes.

 

Ella volvió a agarrármela y comenzó a golpearla contra sus pechos mientras le daba lametones y la chupaba, estaba llenando el canalillo con su saliva y la deslizaba entre sus tetas mientras alternaba entre besos en la punta, juegos con la lengua y engullirla por completo. ¡Joder la jefa sí que sabe!


Sentía la necesidad de parar aquello, estaba apunto de correrme y yo ya quería follarmela, la agarre instintivamente del moño y la metí completamente en su boca, aprovechando la arcada para levantarla de la taza y ponerla de rodillas sobre la tapa del inodoro con la cara de lado contra la pared de baldosas blancas y sus tetas aplastadas sobre la fría porcelana de la cisterna. En ese momento fui yo quien de un tirón bajé hasta sus rodillas aquellos jeans y aquel tanga blanco a juego con el sujetador, deslicé mis dedos entre sus muslos llegando a aquellos labios completamente depilados, más carnosos, húmedos y mucho más voluminosos que los de su cara y me metí con gula y vicio los dedos en la boca mientras me colocaba entre sus pantorrillas aun vestidas en aquellos jeans y los taconazos mirando hacia la puerta.


Con mi mano izquierda separé un poco sus preciosas y coquetas nalgas al mismo tiempo que recorrí con mi enrojecido y firme miembro de abajo hacia arriba sus suculentos labios mayores, la penetré sin contemplación, disfrutando de su suavidad, de su humedad, de lo apretada y caliente que estaba.

Comencé el baile muy despacio, disfrutando de la presión y la estrechez de sus juntos muslos, sujetándola por sus preciosas caderas, muy poco a poco fui incrementando el ritmo de las embestidas, embestidas más duras, más secas, más profundas. Se sentían sus suspiros que pronto terminaron siendo gemidos, se oía ese ritmo frenético de chapoteo tan fascinante como eufórico de las embestidas, se escuchaban los crujidos de los tacos que sujetaban el inodoro y los golpes de la porcelana con la cisterna, se ignoraban las llamadas de quienes estaban fuera esperando, yo solamente tenía oídos para ella diciéndome: “Me estas matando, córrete dentro que llevo el DIU aunque al cornudo de mi marido no le haga falta”.


Le metí dos dedos de mi mano izquierda en la boca y comenzó chuparlos para luego morderlos mientras seguía castigando con dureza a embestidas esas ya muy enrojecidas nalgas pijas, que bien se sentía, que dura y que cachondo me ponía mi jefa todos los puñeteros días y ahora ahí estaba clavándosela en le cutre baño del bar.


Su cara contra las baldosas de la pared, con el rímel corrido, las mejillas enrojecidas del sofoco del calentón, mis dedos en su tentadora boca. Note como cada vez me apretaba más, estábamos los dos apunto de corrernos, en una endiablada competición por ver quien aguantaba más. Finalmente, por breves décimas de segundo perdí yo, llenándola con mi blanca esencia casi en el instante en el cual junto con un gran grito de placer su suelo pélvico por fin se relajó y dejo salir todos sus jugos junto con mi leche.


La miré y la vi medio desnuda, con sus tetas al aire y su depilado coño aun goteando, entre llantos de alegría por el orgasmo, satisfacción y sofoco, una imagen que en ese momento me pareció preciosa. Me devolvió la mirada, nos sonreímos con picardía los dos al tiempo que me dijo: “Pues ni tan mal muchachito, salgamos de aquí y vámonos al chalet de mi marido, apenas acabamos de empezar”. Salimos de allí entre avergonzados y orgullosos, pedimos un taxi y nos fuimos directos a su casa no precisamente a dormir.


Durante mi estancia en prácticas continuamos follando intermitentemente cuando salíamos de fiesta, en mi coche, en la playa, en diversos baños, en mi piso compartido, incluso a altas horas de la madrugada en la oficina, en el archivo, en el trastero, en su flamante descapotable Mercedes blanco, donde ya nunca más volvió a pasar fue en su chalet.


Cuando termine mis practicas ella me redacto una bonita y emotiva carta de recomendación, yo merced a ello conseguí un buen empleo en otra ciudad, me mudé y ya nunca más volvimos a vernos.



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