Escuchando a los Suaves
- Tico

- 25 nov 2020
- 6 Min. de lectura
Era una noche de esas de sofocante calor en el mes de agosto, una noche de esas en la que no se planea nada y las cosas van pasando. De no tener ningun plan en la mañana las cosas fueron sucediendo y acabe cenando en una bonita terraza de Benicassim con un amigo con el que hacía mucho tiempo que ni tan siquiera había conversado por teléfono.
Allí estábamos los dos, con un look totalmente fuera de lugar, veníamos de la playa con el bañador todavía mojado, la parte de abajo de la camiseta empapada, unas chanclas regalo de alguna revista y las piernas todavía llenas de arena. El ambiente era de lo más pijo y chic, gastrobar le llaman ahora, pero todo eso nos daba absolutamente igual, al fin y al cabo solamente queríamos cenar y charlar.
No me había ni fijado cuando nos sentamos, pero por alguna extraña razón me gire un momento al ver al camarero salir con una bandeja llena de platos, mejillones, tellinas, calamares…todo delicioso. Y ahí fue cuando la vi, y además la pillé mirándome, pero no me hice muchas cábalas, ni siquiera la curiosidad que hace que aplique una de mis teorías con las que mis amigos se parten de risa. Es una teoría como poco tan vieja como yo, la resumo, si ves a una chica mirándote una vez puede ser mera casualidad, si la pillas dos veces tal vez tiene un problema en la vista, si hay una tercera vez le gustas y debes acercarte, pero ojo si hay una cuarta y además miran las demás es que llevas una mancha, algo en el pelo o lo que sea…
Digamos que no era una noche de esas en las que yo estaba muy receptivo, no estaba pasando por mi mejor momento, como decirlo, digamos que sudaba de todo y punto, así que la vi, me fije, pero seguí a mi rollo.
Con estas normas del COVID-19, no puedes fumar en la mesa, debes levantarte y a 2 metros tratar de mantener la conversación. Es un poco jodienda con enmienda, pero algo bueno tenía que tener, y es que estamos todos igual. Allí estoy yo todo zarapastroso apoyado en la pared y fumándome un cigarrillo cuando veo que se levanta y viene caminando hacia mí.
Una preciosa chica casi rubia con un vestido azul largo y suelto, combinado con unas sandalias de plataforma que estilizaban mucho más su ya delgada y esbelta figura, tenía el pelo castaño con unas mechas californianas que le daban un aspecto fresco y desenfadado. Me pide fuego y comenzamos a charlar fumándonos un pitillo, la conversación discurría entre las típicas preguntas, obviedades meteorológicas y risas.
Todavía no sé qué me impulso a hacerlo, pero bueno, digamos que me lance a sugerir que juntáramos las mesas, nosotros éramos 2 y ellas 3, asi que porqué no cenar a 5 que siempre ha dado como poco unas rimas estupendas. Hablábamos de soltura de todo, de aficiones, de las ultimas noticias, de política. Ya de inicio el ambiente fue muy familiar y ayudaba mucho que fuéramos de la misma ciudad y habláramos todos en el mismo idioma. Intercambiamos nuestros teléfonos, al terminar de cenar fuimos a tomar la última, pero resulta que ahora más que nunca la canción de Tom Bombadil es una realidad, y sí los bares cierran todos muy temprano. Muy a mi pesar no nos quedó otra que acompañarlas al coche y despedirnos, otra casualidad de la noche, el mío estaba justo pegado detrás del suyo, toda una señal del azar.
Cuando llego a casa y sin esperarlo, paseando al perro, veo que me ha mandado un mensaje y comenzamos a charlar más y más. Poco a poco la conversación coge color y sin dudarlo aun siendo las 2 de la mañana, me subo en mi coche y voy a buscarla….
No se la distancia exacta que hay entre mi casa y su apartamento en la playa, pero cuál película de dibujos animados, cuál Rayo McQueen en escasos minutos estaba bajo su puerta. Apareció con ese precioso vestido azul al tiempo que en Rock FM sonaba la canción de los Suaves…Está claro que Google capta información, pero ¿Tanta?
La recibí con una sonrisa y se sentó a mi lado, no voy a negar que estaba nervioso así que se me ocurrió alagar su vestido, fue justo en ese momento cuando me dejo por unos segundos sin habla. Ese momento en el que me dijo que no llevaba ropa interior, ese preciso momento en el que la miro, me mira, me sonrió y terminamos comiéndonos la boca en el coche junto a los cipreses del chalet de enfrente.
Mis manos ya de por si curiosas buscaron como comprobarlo, agarrando sus deliciosas y suaves nalgas al tiempo que mi cabeza se sumergía en ese precioso escote en forma de pico que realzaba sus deliciosos y morenos pechos. Que fantasia de cuerpo, una mezcla de delicadeza y fortaleza, una mezcla de simplicidad y exuberancia, me estaba poniendo a mil, pero debíamos recuperar la compostura, no era un buen lugar, ni tampoco el momento.
En ese instante me dijo, vamos a tu casa que aquí no podemos por mis padres. Arranco el coche y volvemos hacia mi casa, sus manos ya dentro de mi bañador van acariciándome todo el trayecto. Llegamos a un semáforo y ella se libera del cinturón y se recuesta sobre mi cintura, sin mediar palabra me baja el bañador y comienza a recorrer mi entrepierna con su lengua. Se nota que también tenía muchas ganas, comienza a engullir, lamer, tragar, hasta que le dan esas arcadas que a los chicos nos ponen más calientes y más duros que el cavar una zanja a las 2 de la tarde en pleno agosto. Ella tiene que respirar y se ven esos hilos de saliva brillando en la oscuridad de las luces… me tiene muy grande, muy excitado, brillante y reluciente, no sé ni cómo vamos a poder llegar a casa. Al ponerse verde el semáforo seguimos nuestro camino con una amplia sonrisa pícara dibujada en ambos.
Llegamos a mi casa, y con lo tórrida de la noche y el recalentón que teníamos, directamente fuimos a la terraza. Dos copas de vino, la luz tenue de las farolas, un poco de música y un sillón era todo lo que nos hacía falta.
Nos sentamos ambos en el sillón, brindamos y comenzamos a besarnos, comiéndonos la boca. Yo recorriendo sus mejillas, su cuello, acariciando su pelo al tiempo que liberaba los tirantes del vestido quedando sus preciosos y delicados pechos ante mí.
Sin decir nada mi boca fue directamente hacia sus rosados pezones y comencé a chuparlos, que digo chuparlos, a mamarlos como un bebe mientras escuchaba sus leves suspiros. Fui descendiendo por su duro y trabajado abdomen mientras con mis largos brazos acomodaba unos cojines en el suelo frente al sillón.
Me arrodillé sobre los cojines y con mis manos en sus muslos fui remangando la falda del vestido mientras mi boca recorría la piel de sus piernas hasta poner toda mi cabeza entre ellas. Mis manos sujetando y estirando la piel entre su abdomen y sus caderas mientras mi lengua recorría lamiendo, chupando y saboreando su deliciosa ingle. Sin pensarlo me meto dos de mis dedos en la boca para poco después introducirlos suavemente en su jugosa cueva secreta. Mientras mi boca sigue chupando el rosado botoncito de placer, pronto comienzo un masaje con mis dedos sintiéndola completamente por dentro con mis yemas. Mis resoplidos son más que evidentes y en ningun momento trato de disimularlos.
De repente siento como su cuerpo se arquea, como lanza hacia atrás su cabeza mientras balbucea: “Me encanta, no pares, sigue, te quiero dentro ya”. Es oír eso y me incorporo un poco, agarro mi pene con la mano y comienzo a recorrer esos labios húmedos que ni comen ni beben, pero si dicen muchas cosas, los recorro arriba y abajo hasta que me deslizo completamente dentro. Comienzo a empujar acelerando el ritmo y la profundidad.
El ritmo comienza a ser endiabladamente rápido, su cabeza asoma por encima de la cornisa de la terraza dando saltitos sincronizados con cada una de las embestidas. Subo sus piernas sobre mis hombros agarrando y juntando esos muslos mientras llego hasta lo más profundo, cada vez se va mojando más el asiento del sillón y sus fluidos caen transparentes y viscosos sobre el suelo, siento sus espasmos apretándome, voy a correrme, no puedo más…
Escucho como me dice: “Correte, correte, correte”. La saco y apretándola con mi mano derecha veo como comienza a soltar toda la leche, mi semen cae a borbotones sobre su abdomen, en sus muslos. Yo siento temblores y palpitaciones por todo mi cuerpo, unos espasmos recorren mis piernas, me pongo de pie, pero me cuesta mantener el equilibrio como si mis piernas no me respondieran.
Ella me mira, con esa devoción, con esa mezcla de mirada de agotamiento y satisfacción, me siento radiante. Ella me observa como hago el payaso con mis piernas temblorosas y otra cosa colgando como un pimiento, realmente me mira con una cara entre salida, picara y orgullosa, me mira muy agotada pero feliz. Me mira y dice: “que a gusto me he quedado”.
Vaya con la chica de azul…




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