La playa
- Tico

- 19 feb 2020
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Llegados a la playa, apenas con los primeros rayos de sol del alba hacen que el azul del mar se convierta en un verde difícil de describir bajo un cielo que funde un anaranjado con un celeste, todo en ese momento me parece maravilloso.
Nos despojamos de la ropa que de aquellas maneras nos habíamos puesto encima para recorrer los escasos 300 metros que separaban el coche de la nudista. La observo en silencio, esa visión difícilmente voy a poder sacarla de mi cabeza alguna vez, apenas se desabrocha el pantalón este cae sobre la toalla y con esa gracia que ella solamente tiene saca primero un pie y luego el otro. Agarrando el top con las dos manos se lo saca por encima de la cabeza y cuando se descubren sus pechos estos rebotan como un resorte siguiendo una onda sinusoidal donde la amplitud tiende a 0. Todo esto ocurre en escasos segundos, pero la cantidad de detalles que mi cerebro, dadas las circunstancias en funciones, asimila, da la sensación que es eterno, parece claro y os podéis imaginar que estaba babeando tal y como hace un bóxer cuando oye que le pones comida.
Cuando me doy cuenta mi cerebro vuelve a conectar con el tiempo real, ella ya está en la orilla, me mira con una sonrisa pícara y me dice… ¿Vienes? ... Si, si contesto yo. Me quito los pantalones rápidamente, ya he comentado lo de su gracia, pues digamos que yo no la tengo… Me quito un camal, pero me enredo con el otro y me caigo, ruedo por la arena y acabo chocando con una de esas rocas rojas llenas de salitre, mini-mejillones y lapas, madre mía que filo tiene, termino con un rascón tremendo en la cadera. ¡Qué dolor y qué escozor! ¿Estás bien? Y yo puro macho alfa… si, si solo es un rasguño y el mar lo cura todo, solo espero que no haya tiburones… Cuando ve que estoy bien, se comienza a partir de la risa, para haberte gravado jajajajaja.
Nos metemos en el mar, es de estas playas mediterráneas que tienes que caminar y caminar hasta que el agua te llega a la cintura, yo voy un poco por detrás, he estado miles de veces en esa playa, pero hoy las vistas son mucho mejores. Me entretengo divisando todo su movimiento al caminar, desde el leve movimiento de sus hombros, como la leve brisa acaricia su cabello, hasta ese hipnotizante movimiento de caderas cada vez que da un paso o levanta la pierna para dejar pasar una ola. De repente se detiene y se zambulle al paso de una ola, os puedo asegurar que la visión de esas caderas y ese trasero metiéndose entre el agua de la ola es la visión más erótica que mis ojos puedan captar jamás.
Yo me lanzo al agua y en dos brazadas llego a donde ella para que cuando vuelva a la superficie me tenga al lado. La abrazo, nuestras bocas se funden en un largo beso, las lenguas juguetean entre ellas, me deleito mordiendo sus carnosos labios. Noto como sus brazos rodean mi nuca, sus pechos se aplastan contra el mío, sus piernas se enroscan con las mías. El primero que abra los ojos pierde, pero no nos da tiempo, una de esas malditas olas de cada 13 que es un poco más fuerte de lo normal pasa por encima de nosotros y termina haciéndonos escupir agua salada, pasamos a mirarnos con ese brillo de ojos que siempre nos caracteriza y sonreírnos después.
Poco a poco vamos dejándonos llevar hacia el lado izquierdo de la playa, hay como un pasadizo de arena que lleva a una diminuta cala entre rocas, nadie nos ve y estamos protegidos de las olas por un muro de roca, el agua esta plana y cristalina. Volvemos a abrazarnos, esta vez mis manos van donde termina la espalda, recorren sus caderas y mi mano izquierda se desliza entre sus muslos. Ella separa un poco más sus piernas dejándome libre acceso a donde esté dispuesto a llegar, las yemas de mis dedos índice y anular se abren paso y comienzan a acariciarla, primero con un movimiento oscilante, luego circular alrededor de ese botoncito con millones de terminaciones nerviosas para luego abrirse paso a modo de gancho en su interior. Ella acaricia frotando mis partes, subiendo y bajando para luego agarrar el miembro con su mano y dar un genial masaje que produce que mi corazón bombee toda la sangre a esa zona. Madre mía, la temperatura del agua pasa de agradablemente templada a pura ebullición.
Ella se sienta frente a mi sobre una roca redonda de grandes dimensiones que en algún momento había sido arrastrada allí por el torrente de aquel barranco seco. Yo la veo sobre aquella piedra como a la sirenita de Copenhague, pero con los brazos hacia atrás, sus pechos con los pezones duros apuntando hacia mí, las piernas abiertas con las rodillas en V, sentada en el mismo borde a una altura que se me antoja ideal. Yo me aproximo un poco más y me dejo deslizar dentro de ella, fundiéndonos en uno solo, con un ligero vaivén de mis caderas comenzamos a hacer el amor, no se trata de sexo, se trata de la más placentera de las definiciones de amor.
El sonido del mar, las olas, se mezcla con el chapoteo que nuestros cuerpos producen, yo juego a cambiar el ritmo, juego con la profundidad y juego con el ángulo. Ella juega con el suelo pélvico apretando cada vez más y más. Yo me endurezco y ella aprieta, encuentro ese punto, ese punto ni superficial ni profundo dónde su cuerpo cambia para mejor, dónde aprieta, y aumento la frecuencia de mi vaivén justo en ese punto. Ella se deja caer sobre sus codos y echa la cabeza hacia atrás, su cuerpo fino y delicado se mueve a cada una de sus embestidas, sus respingones pechos se desparraman a los lados con los pezones mirando al cielo, su cuerpo se arquea y veo como su abdomen se tensa, su respiración acelerada entre sollozos ya no me deja oír las olas, noto como está apretando cada vez más fuerte hasta que de repente un torrente de fluido transparente, cálido y viscoso emana de ella cayendo y deslizándose sobre mis partes, la excitación que me produce esa sensación hace que yo también termine eyaculando al mismo tiempo…sin bajar el ritmo prosigo hasta que la electricidad se vuelve más incómoda que placentera y la sangre que mi corazón había bombeado vuelve al resto de mi cuerpo. Sin dejar de estar unidos la abrazo sobre aquella roca y me recuesto sobre uno de sus preciosos hombros jadeando y recuperando la respiración.
Permanecemos un rato asi, un tiempo indeterminado, ni corto ni largo pero maravilloso, nos cogemos de la mano y volvemos sonriéndonos, mirándonos de forma cómplice hacia la playa. Al llegar a la toalla vemos a dos chicos que han madrugado y se han puesto cerca, por sus miradas debía de tratarse de una pareja que al vernos se sonríen imaginando que viniendo de dónde venimos lo hemos debido pasar muy bien y ya os digo que no se equivocaban.
Nos recostamos un rato en la gigante toalla de mariposas de colores para descansar y tomar el sol, le pongo crema por la espalda recorriendo su cuerpo con un masaje alrededor de su columna dejándome caer hasta su trasero y después recorro cada una de sus piernas desde la ingle, pasando por sus muslos, los gemelos y hasta llegar a los pies fijándome en la preciosa pintura de uñas roja. Veo como se relaja y se va quedando dormida, sus bonitos mofletes se hinchan con su respiración y su naricita produce como pequeños parpadeos tal y como hacia Elizabeth Montgomery en la serie de los 60 “Embrujada”. Yo me acuesto a su lado, pensando y soñando que ya no quiero estar en ningún otro lugar, después me dormí y al despertar se lo diría.




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