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Velada improvisada...

  • Foto del escritor: Tico
    Tico
  • 4 may 2021
  • 9 Min. de lectura

Actualizado: 24 sept 2021

Un sábado soleado cualquiera del mes de mayo, un bonito día de primavera de esos que ya parece despuntar el verano. Y ya tenía ganas de esos días tras las semanas frías y lluviosas de abril.


Tenía el día libre y a diferencia de otros, ningún compromiso, ninguna obligación ni ninguna tarea por hacer. Así que me desperté tarde, tipo 9 de la mañana, el sol entraba por mi ventana a través del estor y los geranios rosados se veían muy extremadamente bonitos. Todo hacía pensar que sería un gran día y aun no tenía ni idea de lo bueno que iba a ser.


Sigo unos minutos en la cama haciendo la pereza, las típicas legañas de la mañana, el pelo alocado a lo Ace Ventura, un leve sabor pastoso en la boca y un ligero aliento de dragón mañanero. Allí tumbado con los típicos calzoncillos floreados y una camiseta blanca de algodón escucho una música que me es más que familiar en mi móvil.


Era ella, estaba haciendo lo mismo que yo y había decido llamarme para charlar un rato como muchos otros días. Tenemos una conversación bastante entretenida, le cuento lo bien que he dormido, lo a gusto que me he despertado y el buen día que hace. Ella me dice lo mismo y me cuenta que ha pensado hacer, un poquito de limpieza, un poquito de mudanza con unas cajas y un poco de relax en la tarde. Nos contamos 4 cosas más, como siempre le tiro un poco la caña, se ríe y nos activamos ya un poco, nos despedimos en plan: “Hablamos luego, un beso”.


Como os digo, un comienzo de día solamente mejorable en un sentido. Exceptuando eso que ya puestos os digo que no vendría nada mal ahora mismo, un inicio de día excelente.

Tras ducharme me voy al súper, confieso que hacía ya tiempo que no iba y en el frigorífico solamente quedaban 4 bolsitas de kétchup del Burguer King y escondida en una esquina una arañita íngrima y famélica la pobre.


Estando en el súper decido que voy a hacerme una cena de rey, que ya me lo merezco y a parte de lo habitual, compro una penca de solomillazo de cerdo, unas patatitas y unas cebollas.


Recién sentado ya en coche y como si me hubiera leído la mente, que no sería ni la primera ni la última vez, me llama por teléfono: ¿Qué haces? Y los 2 al unísono, tan al unísono que ni ella me escuchó ni yo la escuché, pero ambos sabíamos lo que nos habíamos dicho.


¿Tienes plan ésta noche, que vas a hacer? ¿Te apetece una cenita informal solamente porque hoy es hoy? Ambas respuestas fueron "Si". El plan era que yo me encargaba de la cena y ella de elegir un vino tinto, me apetecía probar algún vino nuevo, y en vinos ya os digo que a ella nadie le tose.


Llego a casa preparo 4 cositas más, la compra, una bolsa de Papas García y un pequeño detalle para la casa nueva. A las 5 de la tarde me ducho y me cambio muy a mi rollito y tratando de estar lo más guapo que la naturaleza me permite. A ver, la cena es informal pero la chica me gusta así que no voy a aparecerme de cualquier manera. Me pongo mis mejores zapatillas, los vaqueros azules rotos que se que me marcan un buen culete, una camiseta negra rockera ajustada que deja ver bien los tattoos, sobretodo el ultimo que me hice por ella. Me perfumo cuál putilla en Bourbon Street para nada en plan sutilmente nada, en plan fumigación total.


Por fin me pongo ya en la carretera, imagino que ella ha estado ultimando cuatro cajas y cargando batería relajándose un poco en el sofá viendo algo en Netflix. La verdad es que, a diferencia de la mía, ella tiene una vida muy ajetreada todos los días y esos momentos sola de desconexión en el sofá, viendo una peli y con la mantita los agradece muchísimo.


Tipo 8 de la tarde ya he hecho los 300 y pico km de distancia y ya he llegado hasta allí, al mismísimo portal con las bolsas de la compra. Llamo al timbre y ostras, casualidades de estás que no sabes muy bien porque pasan en la vida, pero pasan. Una finca con muchísimas plantas ¡Y es ático...walaaaa! Siempre he vivido en un piso bajo, mi primer piso recién emancipado era un segundo, la otra finca ya casado era también un segundo, el piso alquilado tras el divorcio era un segundo. ¿Y ahora? Pues ahora no, pero ella vive en un ático y mola. Cualquier otro ni se entera, pero yo soy un puñetero friki que se fija en todos esos pequeños detalles.


Llego a su puerta y me abre sin llamar, se nota que estaba esperando oír el ascensor, tiene ganas de verme y me sale una sonrisa tonta de satisfacción. La miro y no la veo, la veo preciosa como siempre, con su pelo enmarañado, su perenne sonrisa eléctrica, esos ojazos oscuros que no pierden detalle de todo lo que pasa. Finita como ella es, fuerte y femenina al mismo tiempo, con unos vaqueros cómodos decolorados a la piedra, unas zapatillas de andar por casa y una camiseta estampada con esos gatitos chinos del brazo que nunca se para.


Madre mía, se me nota mucho como babeo y como me la comería, que ganas de besarla y repasar con la lengua cada milímetro de su boca y de su cuello. Pero no toca, tengo que calmarme, somos amigos y tampoco quiero meter la pata y que me mande de vuelta al ascensor en medio milisegundo así que un largo y fraternal abrazo primero.


Abrazándonos nos quedamos a escasos milímetros y sonriéndonos... entenderéis que no soy de piedra y ante algo así ni el bozal de Annibal Leckter me frena. Bastaron 13’8 segundos y medio metro cuadrado para que acabáramos enrollados, saboreándonos, un momento para notar, para sentirnos. Su pecho contra el mío, podía incluso sentir sus pulsaciones. Fue un instante para disfrutar de una puñetera vez la ausencia de distancia y degustar sus labios carnosos que tanto añoraba.


Los dos nos sonrojamos y nos reímos con timidez, ella un poco más porque la verdad que le dan ataques de timidez que me producen muchísima ternura y me encanta provocarlos. Se la ve tan contenta y satisfecha con esa vergüencita encantadora que tiene. Entonces cambiando de tema me pregunta: ¿A ver qué has traído? Respondo “si venga vamos pongámonos a ello, sino cenaremos muy tarde”.


Ya en la cocina, enciendo el horno para que se vaya calentando (el horno malpensados) y mientras me pongo a pelar las patatas. Ella me abre una cervecita fresquita con cierto sabor a mango y se sienta en un taburete mientras conversamos sobre niños, mudanza, reformas, las ultimas cosas que nos han pasado y de la pandemia ésta del jodido COVID-19/20/21...


Una vez peladas las patatas y limpiada la cebolla, saco la tabla de cortar, corto las patatas bien finas para que queden super crujientes, y la cebolla a rodajas. En un Pyrex tiro un chorretón de aceite de oliva virgen, coloco una cama de patatas y cebolla junto con 3 dientes de ajo directamente sin pelar. Al mismo tiempo cojo la penca de solomillo para ponerle sal y pimienta negra a discreción, quiero que tenga el rock and roll que tanto me gusta, que haga que las papilas gustativas se espabilen un poco y los labios se sientan como si fueran los de Yola Berrocal.


Sazonada la carne le pego una pasada rapidísima por la sartén para sellarla y no pierda nada de sabor mientras se hace poco a poco en el horno. La extiendo sobre la cama de patatas y lo dejo en el horno durante 50 min de espera.


Sugiero que pongamos la mesa, cogemos las servilletas y los cubiertos de la cocina y vamos al comedor. De repente ella está completamente de espaldas colocando simétricamente los cubiertos. Diréis que no tocaba, pero es que ya no puedo más, llevo caliente y salido casi desde que la conozco y me pone burrísimo con solo escuchar su voz. La cojo por la delicada cintura, le doy la vuelta y comienzo a comerle la boca mientras mis manos la agarran fuerte palpando su maravilloso culo, sus manos sobre mis hombros me ayudan a que con muy poco esfuerzo pero muchísimas ganas la siento justo en el borde de la mesa.


Inclino mi cuerpo forzando a que se recueste por completo sobre la mesa. Los cubiertos en otro momento muy bien ordenaditos caen al suelo de cualquier manera con gran escándalo del cual nosotros ya ni nos enteramos, lo poco que quedaba lo tira ella cuando abre sus brazos abandonándose a lo que yo quiera hacer y mirándome con esa mirada pícara que me fascina.


De un pequeño tirón suelto los botones de sus vaqueros y estiro de los pantalones hacia abajo, ante mí sus preciosas y torneadas piernas con esas caderas y esa separación de muslos con la que cada noche pienso cuando me masturbo solo en mi cama. Sin dudarlo agarro por los lados sus rosadas braguitas pseudo-transparentes con topitos también rosados y estirándolas se las quito por los pies con esa forma inexplicable de corteza de cerdo en la que quedan siempre las braguitas usadas a diferencia de los calzoncillos.


Ante mí, ella, su cuerpo, sus piernas, parte de su abdomen y todo lo que podáis imaginar. Mientras ella me observa yo ya estoy inclinado con mi cabeza entre sus piernas y mi lengua degustando sus jugos más íntimos, haciéndose un hueco entre esos suculentos labios mayores. Pero hoy no, hoy no estoy para preliminares, llevo demasiados días queriendo estar dentro de ella cómo para andar ahora con rodeos.


Hábilmente me he soltado el pantalón que ya se me ha caído hasta las rodillas, me bajo un poco los calzoncillos. Con el fragor de la batalla, la escena que yo solo me he montado y dos suaves movimientos de mis manos estoy más que apunto. La comienzo a deslizar de abajo a arriba viendo como mi glande se funde entre sus labios mayores, ella está muy húmeda, una ligera presión y ya estoy dentro con facilidad. Sin reflexionar absolutamente nada digo: “Mmmm que maravilla, que bien se siente y que ganas te tenía”. Lo noto cada vez más apretado y húmedo, eso hace que cada vez me pongo más y más duro. Ella con la voz entrecortada me dice: “Que hijo de puta eres como has tardado tanto, sigue y no pares…”


Me fijo a mi derecha y la escena se refleja al completo en el espejo del comedor, noto como su cuerpo se estremece a cada dura embestida. Ella se ha subido la camiseta y se ha deshecho no sé muy bien ni como del sostén, sus maravillosos pechos están libres para moverse en sintonía con mi cadera. Ella para no gritar está mordiéndose el labio de forma híper sensual, solamente leves gemidos y su mirada clavada también en el reflejo , solamente hacen que producirme aún más calentura.


Levanto sus piernas, las pongo verticales apoyándolas sobre mi pecho al tiempo que la castigo con mas dureza, las embestidas son más seguidas y profundas. Su cuerpo se arquea y contorsiona. Siento como hace fuerza con su suelo pélvico estrangulando mi pene, la sensación es absolutamente increíble.


Sus manos agarran sus pechos dejando entrever esos pezones que me tienen hipnotizado entre sus dedos. De repente siento como un líquido transparente, caliente y viscoso moja mi cintura, va cayendo y chorreando por mis piernas hasta el suelo. El ruido del chapoteo y el aroma a buen sexo invaden el comedor, es imposible que nadie en la finca no sepa lo que está pasando porque ya ninguno de los dos podemos reprimir los gemidos y gruñidos.

Me está llevando al límite, ella ya ha tenido un orgasmo, pero no me basta, yo quiero más y quiero seguir disfrutando, me resisto a tener el mío porque quiero que esta escena sea eterna. Pero ella me conoce muy bien y sabe cómo provocarme, no puedo resistirme más, me está apretando con todas sus fuerzas lo veo en su rostro, veo esa mezcla de esfuerzo y placer en su mirada.


De repente siento como se relaja de nuevo por completo, al tiempo que yo ya no resisto más y la saco a duras penas apuntando con mi mano como puedo, su abdomen y sus pechos quedan cubiertos por mi leche. Hasta 3 veces siento los espasmos recorriendo todo mi cuerpo, qué barbaridad, sin duda el mayor orgasmo de mi vida y vaya estropicio he montado, todo su increíble cuerpo impregnado absolutamente de mí.


Nos miramos de forma cómplice, me faltan el aliento y las palabras, nos reímos, sigue acostada sobre la mesa, la veo satisfecha y me inclino sobre ella. Comienzo a besarla en la boca, en la frente, en esa preciosa nariz respingona que tiene y la atrapo a la vez que la aplasto con mi cuerpo en un abrazo eterno.


Nos relajamos, las pulsaciones nos bajan, seguimos riéndonos como tontitos o tortolitos, de una forma que ni siquiera sé muy bien como describir. En ese instante de forma más que inoportuna suena la campanilla del horno “ding, ding, ding”, la velada ya lo creo que continuará...









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